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Lo que nos enseñan los cuerpos muertos sobre la vida, la muerte, la ciencia y los cuerpos

Julia Alejandra Morales y Santiago Martinez Medina

16 November, 2016

"Our work takes seriously what dead bodies teach to the living [...]Teaching here is the central verb. It would be very different to say that in the morgue the living learn from the dead. Instead, we assume that the dead that we have found on our works can teach much more than anatomy and the science of autopsies. Dead bodies also offer insights about how bodies are made and how science is made with the living"


¿Qué pueden los cuerpos muertos enseñarnos a los vivos? en esta entrada los autores reflexionan desde sus respectivos trabajos etnográficos sobre posibles lecciones desde la materialidad del anfiteatro y las clases de anatomia en Colombia.

En la morgue del ahora extinto Hospital San Juan de Dios de la ciudad de Bogotá hubo por largos años un letrero en el que se leía: “Este es el lugar en el que los muertos enseñan a los vivos” (Florido Caicedo, 2015). En las escuelas de medicina de Colombia es común escuchar que frases similares se les dicen aún a los jóvenes que entran por primera vez a los laboratorios de anatomía. Ya sea como una suerte de lema profesional o como una advertencia, tal vez moral, mediante la cual se insta al neófito a dedicarse juiciosamente a sus estudios, afirmar que los muertos enseñan a los vivos es un lugar común en el  ámbito del aprendizaje anatómico. Es probable que esto fuera así desde los albores de la anatomía como ciencia moderna. Una indicación de esto es que el grabado que ocupa la primera página del conocido e inaugural libro de Andreas Vesalius, De humani corporis fabrica libri septem, exhibe una escena  en la que se muestra una lección de anatomía de la  que sobresale, justo en el centro del público, la figura de un esqueleto humano animado que indica con una vara, tal vez a modo de instructor y guía, el interior del cadáver en el que Vesalius mismo escarba (Sawday, 1996; van Dijck, 2005).

Una imagen similar está presente en medio de las escenas que circulan hoy en día sobre la práctica de la medicina legal. No es extraño escuchar la suposición de que los muertos enseñan a los vivos; y no solamente su anatomía sino también las causas y maneras particulares de sus muertes, e incluso de sus vidas. Basta dar un vistazo a alguna de las varias series televisivas sobre investigación criminal que son tan comunes en la actualidad, para encontrarse, una y otra vez, con un muerto que desde su propio cuerpo muerto parece decirle e indicarle a los investigadores toda suerte de detalles hasta el momento desconocidos. De la misma manera, es común escuchar a médicos forenses repetir el lema mientras hacen una autopsia o dan cátedra de medicina legal a los estudiantes de medicina. Los muertos en las morgues públicas de Colombia guían la práctica de las autopsias y ayudan a descifrar qué fue lo que les pasó, y cómo es que llegaron a ser cuerpos muertos.

Es así que desde nuestro trabajo etnográfico hacemos eco y decimos: “los muertos enseñan a los vivos”. A partir de la apertura que esa frase nos sugiere, queremos dar cuenta de nuestra experiencia en los laboratorios de anatomía de dos facultades de medicina y en la morgue pública de la ciudad de Bogotá, y a la par elaborar sobre, por una parte, la manera en que encarnamos los estudios de la ciencia y la tecnología en nuestro trabajo y, por otra parte, la posibilidad de que esa encarnación tenga lugar a partir de un trabajo de campo que es conjunto aún cuando las experiencias de campo no lo fueron (Martínez Medina y Morales Fontanilla 2015; Martínez Medina 2016). Es decir, nunca estuvimos los dos de manera simultánea ni en los laboratorios de anatomía ni en la morgue. Queremos, subsecuentemente,  retar las constricciones que una lectura somera de esto indicaría, para permitir el surgimiento de una labor etnográfica que sea desde dos trabajos de campo separados pero no sólo eso, pues pensamos que nuestra actividad reflexiva sobre la experiencia en el terreno es también parte del campo mismo. Imaginamos el trabajo de campo como algo que excede al  laboratorio de anatomía y a la morgue, y que tal vez, sólo tal vez, incluye y termina en la escritura. (Strathern, 1999, 2004; De la Cadena 2015; Tsing 2015)

 

Nuestro trabajo ha querido tomar en serio aquello que los muertos enseñan a los vivos. Tomar en serio estrictamente. Esto quiere decir, fijarnos en la forma activa que en la oración hace de los muertos los que efectivamente llevan a cabo la acción de enseñar. Enseñar es acá el verbo central. Sería muy diferente decir, en contraste, que en la morgue los vivos aprenden de los muertos. Ahora bien, nos parece que los muertos que hemos encontrado en nuestro trabajo de campo pueden enseñar no sólo anatomía y la ciencia de las autopsias, sino que también dan razón de cómo se hacen cuerpos y cómo se hace ciencia en conjunto con los vivos. Es esta segunda parte de la acción la que nos captura conceptualmente. Inspirados en discusiones contemporáneas de los Estudios de la Ciencia y la Tecnología, en la Antropología Médica y los Estudios Culturales, nos hemos dado a la no siempre sencilla tarea de pensar en el enseñar de los muertos. Esta tarea la hacemos a cuatro manos. Desde nuestros primeros encuentros como colegas nuestros trabajos se han compaginado, no sólo porque anatomía y las autopsias sean prácticas que valiéndose de muchas entidades, cadáveres incluidos, producen materialidad como conocimiento y conocimiento como materialidad, sino especialmente porque en ambas el cuerpo muerto es un protagonista importante de su ejercicio.

Ahora bien, no queremos pensar a partir de las ideas de semejanza y de diferencia. Nuestra intención no es escribir sobre en qué se parecen y en qué se diferencian los cadáveres del laboratorio de anatomía y los de la morgue de pública. Esa no es nuestra intención. No creemos que eso sea lo que enseñan los muertos. Lo que pretendemos hacer - y aquí pretender no es falsa modestia sino un llamado a estar atentos, una forma de decir que esta forma de proceder depende de hacer que así en efecto sea- es extender lo que los muertos pueden enseñarnos en uno u otro lugar. Así, aprendemos sobre el cuerpo, sobre el cuerpo como límite, sobre el cuerpo como tejidos:

Los cadáveres en el anfiteatro de medicina están desnudos. Su desnudez no sólo es no tener ropa, es también no tener más datos que vistan a sus cuerpos de una identidad. Incluso los rostros empiezan a perder sus rasgos debido a la preservación en formol y a otros procedimientos, por ejemplo, cortarles el pelo y rasurarlos desde su mismo ingreso en esta morgue. Cuando la disección comienza la piel es el primer plano a ser retirado. Los cadáveres que son completamente disecados muchas veces no tienen piel, salvo en algunos pequeños rincones, porque se trata de hacer lo que está por dentro, de producir órganos y tejidos como interioridades. Es así cuando de hacer especímenes se trata.

Los cadáveres en la morgue de Medicina Legal no están desnudos, al menos en principio. De hecho, la disección empieza-en el protocolo y en la actividad misma- con un cuerpo vestido en una bolsa. La primera tarea es abrir la bolsa, sacar el cuerpo, y empezar a desnudarlo. La ropa hace parte de la historia que ese cadáver cuenta, de esa historia que emerge en la relación entre muchas entidades, cadáveres y disectores incluidos. Se trata de hacer muerte en la morgue y para hacer muerte el cadáver empieza en sus ropas, pero va más allá, pues cadáver es también el registro del levantamiento, la información policial, los datos de identificación. Todos eso es material de disección. Es así cuando de hacer muertos se trata.  

Pensamos en ropa y registros, en desnudez. Pensamos en tejidos. Los cadáveres se exploran por planos, como se aprende en la asignatura de anatomía. En la morgue pública el primer plano está conformado por un tejido plástico que envuelve y mantiene unido un cadáver, y que hace de éste un solo cadáver. Luego el bisturí abre el tejido de la ropa: algodón, poliéster, lana. El perito saca conclusiones de texturas y de calidades, de marquillas y de confecciones. A veces, como en una autopsia a la que asistió uno de nosotros, esos planos de ropa resultan ser un uniforme y ese cadáver enseña así aquello a lo que se dedicaba ese cuerpo antes de instruir sobre su muerte violenta. Luego se abre la piel, la fascia, el músculo, y el cuerpo enseña y guía al perito en la búsqueda de la lesión mortal, de la muerte misma. En el anfiteatro de la escuela de medicina, donde los cadáveres no tienen plano de poliéster, lana o plástico, estos no pueden enseñar algo como la ocupación o el nivel adquisitivo del occiso; pueden, sin embargo, enseñar otras cosas. En la disección cuidadosa por planos, donde se pone el cuerpo en relación con otras materialidades que también son cuerpo en anatomización, como libros o imágenes radiológicas, un cadáver puede enseñar una variación anatómica que profesores y estudiantes documentan para publicarlo luego como un descubrimiento en revistas indexadas. Son pues otros límites los que están en escena, otras desnudeces, otras fibras, y otras maneras de recibir  y hacer enseñanzas de y con los muertos.

Ponemos también atención detallada a las materialidades con que nos encontramos en nuestro trabajo de campo, para poder decir que cuerpo puede ser más que materia biológica, que cuerpo no termina donde marca la piel. Las ciencias sociales han pensado con insistencia en la manera en la que el cuerpo es construido por discursos y por una amplia variedad de prácticas de poder, es decir, de qué modos  cuerpo ha sido modulado por la acción de la cultura. Procediendo así, sin embargo, la materialidad del cuerpo ha sido menos explorada, ya que ha prevalecido el análisis de los discursos sobre el cuerpo y sobre las maneras en las que se lo conoce (Guerrero Ortega, 2010). Consideramos que es preciso dar cuenta de aquello que se toca, se corta, se huele y se abre. Creemos que a la pregunta por el cuerpo que se tiene y que se es, debe de añadirse la pregunta por el cuerpo que se hace en prácticas situadas (Mol y Law, 2007).

Es justamente al detenernos en las prácticas que hacen cuerpo que podemos advertir la manera en la que  cuerpo emerge en tanto que  relaciones. Autores como Rachel Prentice (2013) han descrito este proceso como la simultánea formación de cuerpos. Siguiendo esta propuesta, en nuestro trabajo se trataría de la producción del cuerpo espécimen y el cuerpo muerto -hecho con manos, pinzas, formatos, croquis, libros y un largo etcétera de heterogéneos- y a la par la producción del cuerpo de quien  con sus manos hace especímenes y muertos, el cuerpo que conoce y manipula. Sin embargo, no vemos la razón para efectuar este tipo de separaciones que una vez más hacen énfasis en cuerpo como unidad discreta delimitada por la piel. Si cuerpo son relaciones, entonces  estamos es frente a prácticas que hacen cuerpo con cuerpos muertos y que al hacerlo producen vida, muerte y ciencia, de tal manera que no se pueda ser sin ser también todo lo demás. Inspirándonos en el trabajo de Vinciane Despret, que a su vez conceptualiza a partir de William James, consideramos que “tener un cuerpo es aprender a ser afectado” (Despret, 2004; Latour, 2004). Esto implicaría para nosotros que aprender aquello que los cuerpos muertos enseñan es  aprender a ser afectado por ellos, los cuerpos, en la medida en que se los afecta. Este no es un proceso en doble vía, sino que es un mismo proceso. Los cuerpos muertos enseñan a ser afectado, y ese ser afectado adquiere ciertas intensidades en forma de conocimiento, en forma de espécimen o de muerto, en forma de anatomista o de médico legista.  

Sin embargo también lo hace en forma de etnógrafo. Y este es el punto al que queríamos finalmente llegar. Participar de estos escenarios donde los muertos enseñan a los vivos permite entrever las maneras en las que nuestros propios contactos con cuerpos muertos pueden afectar también el trabajo del otro. Los modos  en los que nos afectan excede el espacio del anfiteatro universitario y de la morgue pública, ya que  sus enseñanzas siguen emergiendo del acto de pensar con ellos. Así, cuando una médico legista dice a Julia que “la muerte tiene un lugar anatómico”, la sola posibilidad práctica de hacer muerte en términos materiales como se hace un  órgano cualquiera interpela de muchas maneras el trabajo de ambos. Un trabajo que es el trabajo de campo en el que cada uno se ha embarcado, y a la par el trabajo en que nos embarcamos juntos. Esta etnografía hecha cuerpo con cuerpos muertos es aún para nosotros un campo de exploración, al que queremos dedicar buena parte de nuestros esfuerzos para responder a cabalidad al decir que nos recuerda que los muertos enseñan cosas a los vivos.

Ahora bien, los etnógrafos no somos los únicos en hacer cuerpo con cuerpos muertos. De hecho, los cadáveres que participan de las prácticas en las que trabajamos tienen la capacidad de dejar surgir sus enseñanzas más allá de la zona íntima de contacto en la que se relacionan con los vivos a partir de pinzas y de manos. En la morgue pública, por ejemplo, sus muertes ubicadas anatómicamente alimentan dictámenes que permiten que el muerto sea su propio testigo. Pero, esta no es su única forma de hablar por sí mismos, pues a partir de las inscripciones digitalizadas del cadáver que encarna su ser testigo en las bases de datos del Estado los muertos pueden decir muchas cosas sobre la violencia en Colombia. Es de esta manera que nuestras tensiones se encuentran con la ciencia forense a partir de la materialidad del cadáver. Eventos como el reciente proceso de paz se miden, entre otras cosas, en términos de éxito o de fracaso gracias a la disminución en el número de muertes violentas dictaminadas como producto del conflicto. Es así como, hoy por hoy, en Colombia los medios masivos y las figuras públicas pueden decir que se hacen más dictámenes de muerte violenta producto de la violencia civil cotidiana que de la guerra, y es así, también, el modo en que los cuerpos muertos pueden afectar las incertidumbres propias de escenarios políticos convulsos. En la morgue se obtienen, pues, conclusiones sobre aquello que como población nos mata. Y se hace así, precisamente, porque es allí donde los cadáveres adquieren una u otra muerte, donde enseñan de la manera en la que nos violentamos.

El anfiteatro de la escuela de medicina tampoco está exento de política. Si bien allí no se trata de hacer muertos a partir de los cadáveres, las condiciones que permiten que un cuerpo termine enseñando anatomía a los ávidos estudiantes son en nuestro medio muy particulares. A diferencia de otros contextos (Prentice, 2013; Elizondo-Omara, Guzmán-López y García Rodríguez 2005) los cadáveres no son usualmente donados por sus propias familias o por ellos mismos en vida. Llegan allí como un momento más de aquello que encargados del anfiteatro describen como “ el abandono de las familias”  -para ser espécimen se necesita morir en algún hospital sin que luego nadie reclame como propia esa anatomía que sólo entonces puede disecarse. Los estudiantes de medicina, a la postre, no tienen ninguna información sobre las personas que antes de morir usaban sus cuerpos para otras cosas diferentes a prestarse a relacionarse con los vivos a partir de pinzas y escalpelos. De ahí que sean aún más llamativos y relevantes las instancias en las que el cadáver es capaz de perturbar al estudiante con su materialidad. Cuando pueden, por ejemplo, gritar algo sobre esa otra vida de los especímenes que excede a la anatomía con la forma de sus uñas, los tatuajes en sus pieles o las antiguas cicatrices. Solo en un país como Colombia los cadáveres pueden enseñar a los estudiantes a partir de la sorpresa la manera en que nuestras anatomías están embebidas de nosotros, el modo en que nuestras vidas adquieren un lugar anatómico que solamente en ciertas condiciones puede ser advertidas en el anfiteatro.  La muerte y la vidas localizadas, y emergiendo de manera compleja a través de las multiplicidad de relaciones que se hacen acción al ser en anatomización. Tanto el laboratorio de anatomía como la morgue pública nos dan cuenta de esto.

Ahora bien, los especímenes también pueden afectar más allá de su íntima proximidad. Cuando lo que descansa debajo de sus pieles es particularmente novedoso, los estudiantes y sus maestros intentarán hacer de ese espécimen el ejemplo de una variación. Esa diferencia podrá entonces viajar en forma de artículo académico para hacer parte de las variaciones anatómicas que caracterizan lo humano. Entonces, estos estudiantes dirán que están haciendo ciencia. En la morgue pública la ciencia se hace de otra manera. No se trata de describir lo anómalo sino de agregar datos, de caracterizar similitudes, de producir conglomerados. Entonces los muertos enseñarán sobre formas de matar o de torturar propias de nuestros contexto, nuestras muertes locales. Nos interesa esta relación. Mientras el espécimen se exhibe para enseñar sobre lo humano (incluso sobre su variación), el muerto se diseca para enseñar sobre lo que le pasa al humano en un país como el nuestro. Pero la relación entre la anatomía y la muerte no es la de lo general y lo particular. Consideramos que cada cadáver es tan local en su laboratorio como el libro de anatomía o el compendio de medicina legal. La diferencia es lo que se hace con la materialidad del cuerpo en cada caso. En la medida en que anatomía y medicina legal son producidas en Colombia en relación con anatomía y medicina legal en centros de producción de conocimiento internacionales, los cuerpos muertos en nuestro país pueden enseñar unas cosas y no otras. Esto es lo que ponemos nosotros en conversación con los modos de acercarse a las prácticas que han caracterizado los Estudios de la Ciencia y la Tecnología. Tomamos cómo inspiración la insistencia de éstos de quedarnos con las prácticas y sus incomodidades como un modo y una disposición de los cuales surgen los ejercicios conceptuales y analíticos particulares. Reverberamos esa inspiración en lo que acá les presentamos, una etnografía de encuentro del anfiteatro de las facultades de medicina y de la morgue pública.  No en vano en el anfiteatro del famoso hospital San Juan de Dios los cadáveres pudieron enseñar hasta que hubo allí clases, pues incluso después de muertos estamos y somos todos sujetos del mundo que hacemos y que nos hace.

 

Julia Alejandra Morales es profesional en estudios culturales y candidata doctoral de la Universidad de California, Davis. 

Santiago Martinez Medina es doctor en antropología de la Universidad de los Andes y  médico Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es editor de Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología

 

Referencias

De la Cadena, Marisol. 2015. Earth Beings. Ecologies of Practice Across Andean Worlds. Durham: Duke University Press.

Despret, Vinciane. 2004. “The Body We Care For: Figures of Anthropo-zoo-genesis,” en Body & Society 10 (2-3): 111-134.

Elizondo-Omara, Rodrigo E, Santos Guzmán-López y María de los Ángeles García-Rodriguez. 2005. “Dissection as a teaching tool: Past, present, and future”. The Anatomical Record Part B: The New Anatomist 285B:11-15

Florido Caicedo, Carlos Arturo. 2015. “El anfiteatro de la Facultad de Medicina. Una visita guiada,” en Morfolia 7 (2): 3-9.

Latour, Bruno. 2004. “How to Talk About the Body? The Normative Dimension of Science Studies,” en Body & Society 10 (2-3): 205-229.

Martínez Medina, Santiago. 2016. “El cuerpo en anatomización. Práctica, materialidad y experiencia en el anfiteatro médico contemporáneo”. Tesis doctoral, Universidad de los Andes.

Martínez Medina, Santiago y Julia Morales Fontanilla. 2015. “Entre muertos y especímenes: hacer cadáveres, anatomía y medicina legal en el laboratorio”. Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia. 30 (50):127-147.

Mol, Annemarie y John Law. 2007. “Embodied action, enacted bodies. The example of hypoglycaemia,” en Biomedicine as culture: instrumental practices, technoscientific knowledge, and new modes of life. Editado por Regula Valérie Burri y Joseph Dumit, 87-108. Nueva York: Routledge.  

Ortega, Francisco Javier. 2010. El cuerpo incierto. Corporeidad, tecnologías médicas, y cultura contemporánea. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Prentice, Rachel. 2013. Bodies in Formation. An Ethnography of Anatomy and Surgery Education. Durham y Londres: Duke University Press.

Sawday, Jonathan. 1996. The body emblazoned. Dissection and the human body in Renaissance culture. Londres: Routledge.

Strathern, Marilyn. 1999. Property, Substance, and Effect: Anthropological Essays on Persons and Things. London: Atholone.

Tsing, Anna Lowenhaupt. 2015. The Mushroom at the End of the World. On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton: Princeton University Press.

Van Dijck, José. 2005. The Transparent Body: A Cultural Analysis of Medical Imaging. Seattle: University of Washington Press. 

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